Un ágora constituida de manera informal, cuyos muros y paseos son ampliamente frecuentados y ocupados por los grupos y concentraciones que aquí coinciden. Este hecho evidencia la vocación integradora del lugar y confirma lo acertado de crear una plaza en la cota inferior.
La decisión de encajar la mayor parte del volumen del Centro Social y Parroquial entre dos cotas, mediante una pieza única adaptada a cada circunstancia, configura una plaza pública al nivel de la calle y ordena el espacio en la cota superior, haciendo posible la transición entre los distintos niveles e integrando el programa.

Elevado sobre la plaza se encuentra el atrio de la iglesia, lugar de llegada y reunión, formado por el recorte generado por los accesos entre niveles y por el volumen del Centro Social y Parroquial. Este conjunto se presenta como una plataforma intermedia que reserva para la iglesia un espacio protegido y de vocación inequívoca.
El volumen de la iglesia ocupa un punto central de la nueva plaza, organizándola en partes desiguales, armónicamente proporcionadas, con la intención de satisfacer el sentido original de la palabra «simetría», entendida como expresión de las relaciones ponderadas entre las partes de un todo. Su posición elevada, entre el cielo y la tierra, refuerza el simbolismo de la ascensión. De este modo, se crea un nuevo espacio urbano —una plaza cubierta— concebido como lugar de acogida y permanencia, protegido del sol y de la lluvia.




Si por su posición el volumen elevado se distingue del conjunto, su configuración material también contribuye a anunciar su carácter excepcional. En contraposición al edificio-muro de hormigón armado, la iglesia se presenta como una pieza singular, de un blanco inmaculado y contrastado, que celebra la luz que construye la sombra protectora del atrio inferior.
En el interior se refuerza la blancura buscada en el exterior, manteniéndose la madera vista en los bancos de la asamblea. La excepción reside en los elementos litúrgicos: el altar, ahora situado en una posición central y ejecutado en mármol de Estremoz, y el sagrario y el crucifijo, realizados en latón.

El acceso se realiza a través de un vestíbulo que conduce a dos antecámaras, desde las cuales se accede a la nave. El diseño de estos espacios propone una separación clara entre el exterior y el interior, entre lo profano y lo sagrado.
Las antecámaras, de menor escala, se expanden verticalmente mediante su elevada altura libre, en contraste con las entradas a la nave principal, donde el techo rebajado genera una mayor sensación de recogimiento. Esta compresión periférica intensifica la grandiosidad del espacio central de la nave, que se eleva hasta alcanzar una altura de casi diez metros y queda marcado por una apertura cenital que proyecta luz natural sobre el altar.

El dinamismo del espacio interior, delimitado por un perímetro cuadrangular, surge de la tensión entre la orientación del altar, el ambón y el sagrario, y la disposición circular de la presidencia y la asamblea, en contraste con el diseño de los techos. Esta dinámica se ve reforzada por el acceso en diagonal respecto al eje del volumen.
Desde la nave principal se accede también a la sacristía, al confesionario y a las zonas técnicas del edificio.

Se busca, en definitiva, un volumen depurado, una pieza cuya singularidad proceda más de la geometría en la que se inscribe, de su escala adecuada y de la justa proporción entre sus partes.
Las capillas mortuorias se sitúan al nivel de la plaza y disponen de dos accesos diferenciados: uno destinado a los familiares y allegados de los fallecidos y otro reservado para la entrada y salida de los féretros.
El centro parroquial, accesible desde el centro de la plaza, se desarrolla en continuidad con la edificación anterior, configurando el edificio-muro. Este alberga tres programas: las capillas mortuorias y el centro social comunitario en la planta baja, y el centro parroquial en la planta primera.




















































