Llega un momento en que los espacios dejan de ser lo que eran.
De forma sutil, al observar el pasado, nos damos cuenta de que El Búnker fue uno de esos lugares. Lo que antes era un punto de encuentro ligado a las fiestas del pueblo, donde se pasaban largas tardes con amigos, ahora busca evolucionar y crecer junto a las personas que le dieron sentido. Una cápsula del tiempo que se transforma, como si hubiéramos caminado en círculos y, de alguna manera, regresado al punto de origen.

La intervención se basa en la preexistencia: la escala original, su relación con la calle y el patio, y una planta sencilla. En este punto, el espacio se actualiza para que el antiguo búnker pueda seguir formando parte de la vida de quienes lo habitan hoy.
La casa se ubica en Los Montesinos (Alicante, España), en pleno centro de la ciudad, en una parcela alargada, estrechamente intercalada entre otras edificaciones. Se organiza longitudinalmente, con un patio en un extremo que actúa como punto central donde se abren las estancias principales, lo que permite una relación especial con el exterior.



Durante la excavación, se reveló el caliche (la costra calcárea local) con todas sus capas expuestas. En lugar de ocultar esta piedra de nuevo, se incorpora al proyecto en puntos precisos como recordatorio del elemento original.
Con el tiempo, las viviendas contiguas han ido creciendo en altura, y la casa busca la luz mediante dos aberturas geométricas que suben a través de la cubierta. Estas nuevas aberturas permiten que la luz solar llegue al nivel de las piedras, conectando directamente la roca, la luz y la trayectoria del sol. A lo largo del día, la luz se mueve sobre las rocas, haciendo visible el paso del tiempo en el interior.

La planta se organiza más como una línea de espacios encadenados que como piezas independientes. El programa es una composición sin pasillos; los límites se difuminan y una secuencia de recorridos conduce a las diferentes estancias. La circulación y las formas de habitar se entrelazan: uno pasa por las habitaciones para moverse por la casa, que funciona como un espacio compartido más que como una acumulación de estancias independientes.

Hacia la calle, la casa apenas cambia. Se conserva el tradicional zócalo de yeso tirolesa, al igual que el mármol de los marcos de las ventanas y, especialmente, la gran puerta del garaje que permite la entrada a los amigos, al igual que el antiguo búnker en sus inicios, de modo que el interior también se convierte en calle. Continúa el estilo de vida local a nivel del suelo. En el interior, las paredes de yeso se combinan con el techo de gotelé texturizado y un suelo continuo de hormigón que unifica la planta y sirve de base neutra sobre la que, en ciertos puntos, reaparece la costra calcárea


























