El proyecto se implanta sobre dos lotes ubicados en la barranca de El Cazador, un entorno caracterizado por su topografía, su densa vegetación y las visuales abiertas hacia el humedal.
Al momento de adquirir el terreno existía una construcción, cuya recuperación y ampliación constituían la idea inicial. Sin embargo, durante el comienzo de la obra se comprobó el avanzado deterioro de su estructura, por lo que se decidió su demolición y la construcción de una nueva vivienda, conservando una implantación similar a la original para preservar la relación construida con el paisaje y minimizar la transformación del sitio.

La vivienda fue proyectada priorizando una organización funcional y una utilización eficiente de la superficie construida. El programa se desarrolla a partir de un espacio social amplio y flexible en planta baja, que integra estar, comedor y cocina, mientras que la planta alta alberga tres dormitorios.
La implantación y la organización de los ambientes responden principalmente a las condiciones del lugar. Los espacios principales se orientan hacia el noreste, privilegiando las visuales sobre el humedal, el asoleamiento y el ingreso de luz natural como elementos determinantes del proyecto. Construida mediante un sistema tradicional, la vivienda adopta un lenguaje sobrio, donde la funcionalidad, la proporción y la optimización de los espacios prevalecen sobre los recursos formales.



Dos años después de habitar la vivienda, la necesidad de incorporar un ámbito específico para el desarrollo profesional dio origen al estudio. Concebido como una pieza autónoma, se ubica en proximidad a la casa sin establecer vínculos físicos directos, otorgando independencia funcional a ambos espacios.
La arquitectura se organiza a partir de una estructura metálica independiente, que define tanto el sistema resistente como el orden del proyecto. La elección de un sistema constructivo metálico responde a criterios de eficiencia, optimización de recursos y reducción de los tiempos de ejecución, privilegiando procesos precisos y racionalizados.
La envolvente se resuelve mediante chapa metálica blanca y amplias superficies vidriadas, estableciendo un equilibrio entre la solidez del volumen y la apertura hacia el paisaje. La cubierta se extiende sobre los espacios exteriores, generando áreas de transición que amplían las posibilidades de uso y fortalecen la relación entre arquitectura y entorno.

La materialidad se aborda desde una lógica donde el hierro, la chapa, el vidrio, el fenólico y el piso de pinotea se presentan en su estado natural, sin revestimientos que oculten su condición, permitiendo que la estructura, los materiales y el sistema constructivo definan la identidad de la obra.














































