Este proyecto se planificó como un crematorio y funeraria para mascotas, y se llevó a cabo mediante la remodelación de edificios existentes en lugar de una obra nueva.
El edificio, ubicado en las afueras de Gimpo-si —un entorno donde se mezclan campos de arroz, fábricas y naturaleza—, es el primer cementerio de mascotas de Corea. Funciona desde 1999 y se estableció para promover una cultura funeraria adecuada para mascotas en un momento en que no existía un marco legal al respecto.
Las quejas de los residentes de la zona debido a la percepción negativa de las instalaciones de cremación, sumadas a la actitud pasiva de los gobiernos locales hacia las nuevas obras, llevaron a determinar que resultaba más viable adquirir y remodelar los edificios existentes que ya operaban como funeraria en lugar de construir desde cero.

Bajo la legislación vigente, los animales están clasificados como objetos, por lo que los restos de los animales de compañía deben desecharse de acuerdo con la Ley de Gestión de Residuos; si mueren en el hogar, deben colocarse en bolsas de basura de pago.
Estos métodos de funeral y eliminación de restos causan un dolor aún mayor a las familias que se despiden de sus mascotas, lo que refleja la situación actual de nuestra sociedad respecto a la cultura funeraria y la percepción de los animales de compañía. Con una cultura de tenencia responsable más madura y el crecimiento continuo de la población con mascotas, estas instalaciones ya no deberían considerarse molestas o indeseables, sino necesarias. Por ello, se vuelve cada vez más urgente contar con una cultura y con espacios funerarios para animales que permitan a las familias tener una despedida digna y significativa.

El edificio existente ocupaba la totalidad del terreno, sin dejar espacio libre en el límite con el predio colindante, por lo que el interior, de dimensiones reducidas, debía optimizarse para albergar cada una de las áreas y funciones necesarias para la operación futura. El marco normativo y diversas restricciones físicas limitaron la intervención exterior a la acción repetitiva de retirar y colocar el revestimiento preexistente, impidiendo añadir o quitar volúmenes; a nivel interno, esto obligó a una distribución espacial meramente mecánica.
A partir de estas limitaciones, se empezó a pensar en el concepto de compartir el espacio en una situación donde no era posible sumar ni restar metros cúbicos. Cuanto más pequeño es el espacio, más se aleja del método de acumulación e integración. Dado que se trataba de un espacio reducido, se buscó evitar una configuración espacial que se pudiera comprender de un solo vistazo, optando por crear múltiples espacios pequeños para que las familias en duelo pudieran tener intimidad en áreas compartimentadas en lugar de compartir un único espacio común.



El conjunto consta de tres volúmenes, y la escalera interior del edificio existente se transformó en el núcleo del espacio, ubicándose de manera que segmenta el interior.
El vacío dejado por la escalera trasladada se convirtió en el acceso actual, disponiendo las áreas necesarias a su alrededor. La mirada de los visitantes al ingresar al edificio atraviesa vestíbulos con acabados de vidrio, salas de asesoramiento y jardines exteriores intermedios que se abren al paisaje circundante, lo que compensa la sensación de estrechez física y aporta profundidad mediante la superposición de múltiples espacios iluminados. La primera sala de asesoramiento a la que se accede requiere transitar por el vestíbulo del edificio principal, cruzando el jardín exterior; esta experiencia espacial donde el interior y el exterior se intercalan evita la monotonía, mientras que la variedad de la vegetación contribuye a transmitir serenidad.

Los recorridos de acceso a cada sala se diseñaron hacia el interior para que las puertas no queden expuestas de forma directa, enfatizando el carácter privado del espacio. Así, las circulaciones desaparecen de la vista y la apariencia de cada habitación resulta estática y concisa. Los pilares de acero y la estructura portante del edificio se terminaron con un tratamiento mínimo de la superficie y vidrio transparente, sin intentar ocultar su antigüedad; de este modo, los pilares que sostuvieron el inicio de la industria funeraria de mascotas en el país heredan su legado bajo una nueva materialidad.
El pavimento que cubre el suelo del jardín —un área de descanso en la azotea— está compuesto por corteza de árbol triturada en pequeños trozos. Se trata de un material con buen drenaje, transpirable y ligero, por lo que no sobrecarga la estructura del edificio existente. Su textura mullida al caminar aporta tranquilidad a los visitantes, y las propiedades físicas de los materiales naturales dialogan con las laderas de las montañas circundantes, desdibujando los límites mutuos.

La composición de la envolvente exterior también se fragmentó de manera natural en diversas caras y materiales, proyectando la división interior. Mientras que el interior se rigió por la función y la eficiencia, el exterior se moduló delicadamente a partir de proporciones intencionadas.
La vegetación dispuesta a diferentes alturas, las ventanas que separan los planos y los revestimientos cerámicos que parecen reflejar la naturaleza circundante revelan su presencia, configurando volúmenes entrelazados que asemejan cajas de regalo. Este lugar, que interpela a quienes lo visitan a través de líneas depuradas, planos definidos y la vegetación que emerge de ellos, se proyectó con la esperanza de ser como un último regalo: un espacio que comprenda y reconforte la tristeza de los usuarios, ayudándoles a despedirse con sentido y serenidad.







































