El arquitecto chileno Smiljan Radić Clarke ha recibido el Premio Pritzker 2026, el mayor reconocimiento internacional en el ámbito de la arquitectura. La ceremonia, celebrada en el Castillo de Chapultepec, en Ciudad de México, ha dejado uno de los discursos más singulares de los últimos años: una intervención poética, fragmentaria y profundamente personal, construida no desde la explicación de una obra, sino desde la evocación de los lugares, recuerdos, arquitecturas y personas que han formado su manera de mirar el mundo. La ceremonia se celebra en el Castillo de Chapultepec y recoge imágenes de Radić durante la entrega del premio.
Radić Clarke, nacido en Santiago de Chile y fundador de su propio estudio en 1995, se convierte así en el 55.º laureado del Premio Pritzker, un galardón creado en 1979 para reconocer a arquitectos vivos cuya obra haya aportado contribuciones significativas a la humanidad y al entorno construido.
Un discurso que no explica la arquitectura: la recuerda

Frente a los discursos habituales de agradecimiento institucional, Smiljan Radić Clarke construyó una pieza casi literaria. Su intervención no se organizó como una defensa teórica de su trayectoria, sino como una larga cadena de referencias: Venecia, Chandigarh, Rapa Nui, Croacia, Atacama, Córdoba, La Tourette, Giza, Igualada o la Casa Luis Barragán aparecieron como fragmentos de una memoria arquitectónica acumulada durante años.
El discurso avanzó como un inventario emocional de imágenes, ruinas, sombras, viajes, edificios, libros, esculturas, cementerios, materiales y encuentros. En lugar de presentar la arquitectura como un sistema cerrado, Radić la describió como una experiencia formada por capas, accidentes, desplazamientos y obsesiones.

La arquitectura como acumulación de experiencias
Uno de los aspectos más interesantes del discurso es que sitúa el conocimiento arquitectónico lejos de una idea puramente académica. Radić parece defender que la arquitectura se aprende también caminando, viajando, observando, recordando y dejando que ciertos momentos aparentemente secundarios permanezcan en la memoria.
Esta idea conecta con el tema de la conferencia posterior del Premio Pritzker 2026, titulada “Arquitectura: Distracción y Conocimiento”, celebrada en la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Vincula el encuentro con el viaje como una dimensión formativa de la práctica arquitectónica.

En ese sentido, su discurso puede leerse como una especie de mapa íntimo. No un mapa geográfico, sino mental: una colección de arquitecturas que no aparecen ordenadas por estilos, cronologías o escuelas, sino por la intensidad con la que han quedado grabadas en la mirada del arquitecto.
Fragilidad, memoria y materia: las claves de una obra singular
El jurado del Premio Pritzker 2026 destacó en Radić Clarke una arquitectura poco ortodoxa, anticanónica y difícil de clasificar. Su obra ha sido reconocida por moverse entre la experimentación material, la memoria cultural y una cierta aceptación de la fragilidad como condición arquitectónica.
Esa fragilidad no debe entenderse como debilidad, sino como una forma de resistencia frente a la arquitectura excesivamente monumental, rígida o complaciente. Radić trabaja a menudo con lo inestable, lo provisional, lo extraño o lo aparentemente inacabado. Sus proyectos no buscan imponer una imagen rotunda, sino activar una experiencia: lugares donde la arquitectura parece estar a punto de desaparecer y, sin embargo, ofrece refugio.

Entre sus obras más conocidas se encuentran el Restaurante Mestizo en Santiago de Chile, la casa Pite en Papudo, la ampliación Chile Antes de Chile del Museo Chileno de Arte Precolombino, la Vik Millahue Winery, el Teatro Regional del Biobío, el centro de artes escénicas NAVE y el Serpentine Pavilion 2014 en Londres.
Un Pritzker para una arquitectura fuera del canon
El reconocimiento a Smiljan Radić Clarke confirma una tendencia cada vez más clara dentro del Premio Pritzker: la valoración de arquitecturas que no responden necesariamente a grandes gestos icónicos, sino a trayectorias complejas, personales y profundamente vinculadas a una forma de pensamiento.
Radić no representa una arquitectura fácil de consumir. Su trabajo se sitúa entre lo arcaico y lo contemporáneo, entre lo doméstico y lo monumental, entre lo artesanal y lo experimental. Hay en su obra una atracción constante por las ruinas, las estructuras ligeras, los refugios, las pieles translúcidas, las piedras, los interiores densos y los objetos que parecen pertenecer a otro tiempo.

El propio jurado ha señalado que sus edificios no se limitan a funcionar como artefactos visuales, sino que exigen una presencia corporal. Es decir, no se comprenden del todo desde la imagen: necesitan ser recorridos, habitados, sentidos.
De Venecia a Córdoba: una geografía emocional de la arquitectura

Uno de los momentos más sugerentes del discurso es la aparición de referencias arquitectónicas muy diversas, conectadas no por una genealogía evidente, sino por una sensibilidad común. Radić agradece a Le Corbusier, Lewerentz, Sverre Fehn, Álvaro Siza, Lina Bo Bardi, Aldo Rossi, Kazuyo Sejima, Ryue Nishizawa, Rem Koolhaas, John Hejduk, Kazuo Shinohara, Le Corbusier de nuevo en La Tourette, Miguel Eyquem, Enric Miralles o Luis Barragán.
Pero también agradece a cementerios, cuevas, catedrales, lavaderos, pircas, circos pobres, tiendas de campaña, esculturas, barcos dibujados, ruinas insignificantes y paisajes atravesados por la historia. La arquitectura aparece así no solo como edificio, sino como una forma de atención.
Ahí está quizá una de las grandes lecciones de su discurso: la arquitectura no se compone únicamente de obras maestras, sino también de detalles menores, recuerdos incompletos, accidentes del viaje y momentos que, con el tiempo, adquieren un significado inesperado.
Qué puede aprender la arquitectura contemporánea del discurso de Radić

El discurso de Smiljan Radić Clarke resulta especialmente relevante en un momento en el que la arquitectura se consume cada vez más rápido a través de imágenes. Frente a la lógica de la inmediatez, Radić propone una arquitectura lenta, sedimentada, llena de referencias cruzadas y construida desde la experiencia.
Su intervención recuerda que proyectar no consiste solo en resolver un programa, producir una forma o responder a una normativa. Proyectar también implica saber mirar, reconocer aquello que nos afecta y aceptar que muchas ideas nacen de lugares difíciles de explicar.
En tiempos de sobreexposición visual, algoritmos y discursos cada vez más homogéneos, Radić reivindica una arquitectura profundamente personal. Una arquitectura que no busca agradar de forma inmediata, sino permanecer en la memoria.
Un discurso para volver a mirar la arquitectura
El Premio Pritzker 2026 a Smiljan Radić Clarke no solo reconoce una trayectoria arquitectónica excepcional. También abre una conversación sobre qué tipo de conocimiento necesita hoy la arquitectura.
Su discurso en Ciudad de México no fue una explicación lineal de su obra, sino una constelación de agradecimientos. En ella aparecieron maestros, viajes, ruinas, paisajes, libros, amigos, colaboradores, clientes y familiares. Una arquitectura entendida como collage vital, donde cada referencia permanece activa y donde la memoria se convierte en material de proyecto.
Quizá por eso el discurso de Radić resulta tan poderoso: porque no intenta cerrar una idea de arquitectura, sino abrirla. Nos recuerda que cada edificio nace también de aquello que hemos visto, leído, recorrido, perdido o imaginado. Y que, en el fondo, toda arquitectura verdaderamente significativa empieza mucho antes del primer dibujo.





















