Ocupando una posición en esquina en uno de los barrios más humildes de la ciudad de Valencia —el de Torrefiel—, la Casa Nido se plantea como un ejercicio de protección y puesta en valor del escaso y valioso patrimonio construido que todavía se conserva en las calles de este importante distrito periférico del norte de la ciudad.

Y es que, a pesar de que la normativa nos permitía acabar con el edificio existente y construir uno nuevo, el proyecto desde el principio se obstinó en conservar la envolvente de aquella antigua casa y resguardarse en su interior. Como si esa piel —de ladrillo macizo y mortero de cal— que se había mantenido intacta a lo largo de los años se convirtiera ahora en el basamento —o quizás el nido— de una nueva arquitectura emergente que nace y se eleva sobre ella.

De este modo, la obra, reducida ya a un único volumen puro y elemental, encuentra en su interior el que quizás es el elemento más importante de la casa: su patio. Un espacio regular y perfecto que, ubicado en el fondo de la parcela, vacía el volumen construido y se constituye como el gran telón de fondo de la obra. Todo ello, eso sí, gracias al gran ventanal de casi siete metros de altura, que dota de luz, ventilación y vistas al conjunto de estancias de la casa.

A partir de ahí, basta un único núcleo de escalera, ubicado en el centro de la vivienda, para comunicar sus dos niveles e incorporar a su alrededor, con naturalidad, las piezas de servicio. Un espacio pretendidamente angosto y ensimismado, construido en piedra caliza, que nos permite alcanzar la zona más privada de esta obra: la sala diáfana de la planta primera.

Un espacio de estar y también de estudio, donde se abre además un importante lucernario por el que circula una brisa constante y suave y se introduce, a la manera de un lienzo, el movimiento del sol sobre las superficies de la casa.


















































































