Después de 144 años de obras, el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia ha alcanzado su altura máxima proyectada de 172,5 metros con la colocación de la última pieza —el brazo superior de la cruz que corona la torre de Jesucristo—, un gesto culminante que sitúa a la basílica, por fin, en el extremo de su escala vertical prevista y reafirma su presencia como el edificio religioso más alto del mundo.
La operación, ejecutada la pasada semana con la precisión de una coreografía de ingeniería, ha tenido como protagonista una cruz de 17 metros de altura y 13,5 metros de ancho, recubierta de cerámica blanca y vidrio —materiales que Gaudí deseó que buscaran la luminosidad y la transparencia— y ensamblada pieza a pieza hasta su emplazamiento definitivo sobre el linaje escultórico de la torre central.

Este hito sobrevuela la urbe como un emblema de tensión poética y concreción técnica. Desde su primera piedra, colocada en 1882, la obra de Gaudí no ha sido solo una construcción física, sino un laboratorio continuo de geometrías, significados y medios constructivos que han desafiado la lógica convencional de la arquitectura sacra.
La consecución de la altura prevista es, en este sentido, un cierre de ciclo simbólico que enlaza con la voluntad gaudiniana de elevar la forma hacia aquello que se considera trascendente, sin desatender la complejidad estructural que esta ambición impone.
Sin embargo, la culminación de la torre de Jesucristo, con su cruz visible desde múltiples puntos de Barcelona, no clausura la obra. Persisten las cuestiones urbanísticas y arquitectónicas que, con desbordante intensidad, han acompañado la trayectoria del templo: la fachada de la Gloria, cuya articulación formal y urbana todavía está en debate, y la integración del acceso monumental que Gaudí concebía como umbral definitivo hacia el templo, plantean desafíos sustanciales. En algunas versiones contemporáneas del proyecto, esa entrada implicaría transformaciones urbanas de gran calado en la trama circundante.
La Sagrada Família ha crecido frente a la ciudad como un organismo vivo, alimentado por la tensión entre el tiempo, la técnica y la mirada colectiva. Las técnicas digitales de diseño y fabricación —CNC, modelado paramétrico, prefabricación avanzada— han acortado ritmos que antaño parecían inalcanzables; pero siguen siendo, ante todo, recursos puestos al servicio de una lógica compositiva en la que lo formal y lo simbólico se entrelazan con la economía de la construcción y la financiación ciudadana.
Alcanzar los 172,5 metros es, por tanto, mucho más que llenar un vacío cronológico o completar una dimensión gráfica en un plano: es atestiguar hasta qué punto un proyecto nacido en el último tercio del siglo XIX puede seguir renegociándose con las reglas de la contemporaneidad, sin perder aquello que lo hizo extraordinario. En el skyline de Barcelona, la Sagrada Família permanece inconfundible —un proyecto que continúa siendo, en palabras de muchos críticos, un paradigma insoportable y fascinante del propio acto de construir.














