En el borde final de un barrio con una forestación histórica, donde la trama urbana se diluye entre el río y el golf, la casa no se implanta como objeto sino como un nuevo estrato horizontal dentro del paisaje.

Más que ocupar el lote, lo recorre: una línea habitable que mide la profundidad del territorio y construye, a través de patios y filtros vegetales, una gradiente doméstica entre lo íntimo y lo abierto.
La implantación ocupa el ancho permitido y privilegia la relación longitudinal con el entorno. Una losa principal organiza los programas, que se fragmentan en pabellones articulados por patios de distintas cualidades —secos, húmedos y vegetales— que introducen luz, ventilación y profundidad en el interior.



Los frentes vidriados establecen una continuidad visual franca hacia el golf, mientras que la vegetación cercana construye un sistema de filtros y capas intermedias.

La materialidad combina planos de hormigón claro, carpinterías continuas y volúmenes revestidos en madera carbonizada. Según la luz y el punto de vista, las superficies reflejan el entorno e invierten la relación figura–fondo entre arquitectura y naturaleza.
































